Movimiento y autocuidado; ¿porque? Durante muchos años he entendido la danza como un lenguaje, una forma de expresión, una disciplina artística. Con el tiempo —y con el cuerpo— he comprendido algo más profundo: el movimiento es el origen de mi forma de estar en el mundo.
No hablo solo de bailar. Hablo de cómo me muevo por la vida, de las decisiones pequeñas y constantes que tomo para cuidarme, de la manera en la que me relaciono con mi entorno y con los demás. La danza me ha enseñado a escuchar, a respirar dos veces antes de actuar, a respetar mis ritmos y a vivir desde un lugar más consciente.
La mujer holística que habito
Me considero una mujer holística no como etiqueta, sino como práctica cotidiana. Intento —con coherencia y sin perfección— vivir de una forma respetuosa conmigo y con el entorno que me rodea.
Camino con calzado barefoot porque he aprendido a confiar en la inteligencia natural del cuerpo. Elijo braguitas menstruales porque me reconcilian con mis ciclos y reducen mi impacto ambiental. No como carne, reciclo, cuido lo que consumo y cómo lo consumo. No desde la rigidez, sino desde la escucha.
Todo esto no llegó de golpe. La danza me lo fue mostrando. A través del movimiento aprendí que el cuerpo no necesita ser forzado, sino acompañado. Que cuando hay conciencia, hay salud. Y que el cuidado no es un lujo: es una forma de presencia.
Respirar, viajar, expandirse
Moverme también ha significado aprender a respirar. A parar. A crear espacios de silencio dentro del ruido. La respiración consciente —tan ligada a mi práctica corporal— se ha convertido en una herramienta esencial para sostenerme, regularme y volver a mí.
Y moverme ha sido, literalmente, viajar. Viajar para abrir la mente, para cuestionar lo aprendido, para seguir siendo alumna de la vida. Cada viaje ha ampliado mi mirada y ha reforzado una certeza: cuando el cuerpo se mueve, la conciencia se expande.
El cuidado como cura para el alma
Con los años he entendido que los cuidados no son solo físicos. Son emocionales, energéticos, espirituales. Son gestos diarios que nos devuelven al centro. Cuidarse es escucharse. Y escucharse es una forma profunda de amor propio.
Por eso, todo lo que integro en mi vida necesita resonar con esta visión: ética, respeto, coherencia y bienestar real. No solo lo que hago, sino también lo que uso.
Ringana: cuando el autocuidado se vuelve coherencia
Desde este lugar nace Ringana en mi camino. No como una casualidad, sino como una consecuencia natural. Una marca que entiende el bienestar de dentro hacia fuera, que trabaja con productos frescos, veganos, éticos y sostenibles.
Ringana representa para mí una forma de autocuidado alineada con mis valores: respeto por el cuerpo, por la piel, por el entorno y por los procesos naturales. Un cuidado que no invade, sino que acompaña. Que no promete milagros, sino constancia y conciencia.
Integrar Ringana en mi vida es seguir ampliando esa idea que la danza me regaló hace años: el movimiento es el origen, y el cuidado, el camino.
Un camino que sigue
Este no es un punto de llegada, sino un paso más. Sigo aprendiendo, moviéndome, ajustando y escuchando. Porque vivir de forma consciente es un proceso vivo, igual que la danza.
Y si algo deseo compartir desde aquí es esto: cuidarnos es un acto profundo de amor hacia nosotras mismas y hacia el mundo que habitamos.
Desde el cuerpo, todo.
Si sientes curiosidad por integrar un autocuidado más consciente en tu día a día —ya sea a través de la belleza natural, la suplementación, el cuidado de la piel o una mirada más global del bienestar— puedes escribirme directamente: elizabethmedinadanza@gmail.com
Estaré encantada de asesorarte de forma personalizada y acompañarte en este proceso. Además, tengo preparada una oferta muy especial para quienes quieran descubrir Ringana de la mano de alguien que lo vive y lo integra desde la coherencia y el respeto.
Porque cuidarnos también es elegir con conciencia.