Vivimos en un momento en el que el conocimiento parece estar al alcance de un clic. Un vídeo de unos segundos, una secuencia que nos inspira o un movimiento que nos emociona pueden dar la sensación de que ya hemos aprendido algo… Pero la danza, al menos como yo la entiendo, no se consume.la danza se cultiva.
Cultivar implica tiempo. Escucha. Práctica. Preguntar. Volver una y otra vez sobre el mismo gesto hasta comprender que no es solo una forma bonita, sino una expresión que nace de una historia, de una cultura y de una intención.
Después de más de veinte años bailando, sigo estudiando. No porque sienta que me falte llegar a algún lugar, sino porque cada maestro, cada experiencia y cada viaje me recuerdan que siempre hay algo más profundo por descubrir. Y eso también transforma mi manera de enseñar.
Gran parte de esta forma de entender la danza ha nacido de mi encuentro con la India. No solo a través del estudio del Odissi, una de sus danzas clásicas, sino también de todo lo que ese país me ha enseñado sobre la manera de acercarse al conocimiento. En la tradición india, aprender es mucho más que adquirir una técnica: es cultivar una actitud. Se honra al maestro, se reconoce el linaje del que procede lo aprendido y se comprende que cada gesto cobra sentido cuando conocemos la historia que lo sostiene.
Esa visión me transformó profundamente. Comprendí que el aprendizaje no consiste en acumular recursos, sino en permitir que aquello que estudiamos nos transforme poco a poco. Desde entonces, intento que esa misma filosofía esté presente en cada clase que imparto y en cada propuesta que nace de IndOriental®.
En IndOriental® no busco únicamente transmitir movimientos. Mi deseo es ofrecer un espacio donde comprender lo que estamos bailando, conocer su contexto, honrar las tradiciones que lo inspiran y, desde ahí, encontrar una voz propia.
Por eso creo que el respeto forma parte del aprendizaje. Respetar a quienes nos enseñan. Respetar las fuentes de las que bebemos. Referir el origen de aquello que compartimos. No como una obligación, sino como un gesto de gratitud y de honestidad. Porque reconocer el camino recorrido por otros no resta valor a nuestra danza; al contrario, la enriquece.
Quizá esa sea la diferencia entre consumir danza y cultivarla.
Cuando cultivamos, dejamos de acumular movimientos para empezar a construir una práctica con raíces. Una práctica que no solo transforma la manera en que bailamos, sino también la manera en que miramos, aprendemos y compartimos.
Porque una danza puede aprenderse para reproducirla. Pero también puede estudiarse para comprenderla. Y cuando la comprendemos, deja de ser solo movimiento para convertirse en una forma de presencia.
Y esa, para mí, es la verdadera esencia del camino.
Si quieres conocer un poco más sobre el camino que ha inspirado esta forma de entender la danza, te invito a ver PRANAM, una vida en movimiento, un documental que recoge parte de ese viaje y de todo lo que la India ha sembrado en mí.